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La Coctelera

MI MUNDO DE ENSUEÑO

Si no sueñas, nunca encontrarás lo que hay más allá de tus sueños.

7 Febrero 2007

UNA HISTORIA DE AMOR!!!!

N lang=IT style="FONT-SIZE: 11pt; mso-ansi-language: IT">ROSA AL HANI

Les voy a contar la historia de un hombre que amó a una joven y la eligió para compañera de su vida, derra­mando a sus pies el sudor de su frente y la sangre de su corazón y depositando en sus manos el fruto de su tra­bajo. Esperaba, con su esfuerzo y sus desvelos merecer su amor, sin embargo ese amor le fue ofrecido a otro, para que lo disfrutara y se deleitara con él.

Les voy a contar la historia de una mujer infeliz, que despertó de la inconsciencia de la juventud en la casa de un hombre que la abrumaba de riquezas y la colmaba de vestidos y que pese a ello no fue capaz de despertar en su corazón la llama del amor, ni de embria­gar su espíritu con el licor divino que Dios vierte desde los ojos del hombre, al corazón de la mujer.

Conozco a Rashid Bey Nuhman desde nuestros años infantiles. Su familia procedía del Monte Ubano pero él nació y se crió en Beirut. Era de una familia antigua y acomodada y gustaba de recordar las glorias de sus ancestros. Rashid siguió la tradición familiar, pese a las modas occidentales que comenzaban a poblar el cielo oriental como una bandada de pájaros.

Rashid Bey era generoso y de buen corazón, pero como muchos de sus compatriotas, juzgaba tan sólo por las apariencias. No escuchaba el canto de su alma, sino que basaba sus afectos en los sonidos que le llega­ban del exterior. Gustaba de divertirse con esas cosas

banales que suelen cegarnos a los secretos de la vida y que impiden al alma captar los misterios del ser, lleván­dola más bien hacia la contemplación de los placeres temporales. Era impetuoso en mostrar a los demás su amor o su aversión y también en arrepentirse de ello poco después, con lo cual su arrepentimiento solía atraerle las burlas de los demás en lugar de su perdón.

Estas cualidades de Rashid Bey fueron las que le llevaron a unirse a Rosa al-Hani, antes de que el alma de ella abrazara a la suya en la luz del amor, olvidándose

que esto es lo único que puede hacer del matrimonio un verdadero paraíso.

Tras haber estado varios años ausente de Beirut,al regresar fui a ver a Rashid. Lo encontré débil y pálido. En los rasgos de su rostro bailaban sombras de tristeza. Su lastimosa mirada me habló en silencio de su corazón destrozado y de la pena enorme que oprimía su pecho. Intenté averiguar la causa de sus sufrimientos, pero nada externo me dio una explicación para su lamenta­ble estado. De modo que le pregunté directamente:

Amigo mío, ¿cuál es la causa de tu dolor? ¿Dónde está la alegría que antes brillaba en tus ojos? ¿Qué se ha hecho de la felicidad que fue la constante compañera de tu juventud? ¿Se ha interpuesto la muerte entre tú y alguna persona amada? ¿O es la oscuridad de la noche quien te ha robado lo que acumulaste durante el día? Dime, en nombre de nuestra amistad, ¿qué es ese dolor que aflige a tu alma y atenaza tu cuerpo?".

Me miró con los ojos de alguien herido por la pena, a quien el recuerdo trae por un momento los ecos de días felices. Con voz temblorosa y desesperada me respondió:

"Si un hombre pierde a un amigo querido, mira a su alrededor y pronto encuentra a otros con quienes se consuela y se conforta. Si pierde su fortuna, pronto se da cuenta que el placer que obtuvo al acumulada, podrá disfrutado de nuevo mientras la reúne de nuevo, de este modo olvida la pérdida y también se consuela. Pero si un hombre pierde la paz de su espíritu, ¿cómo podrá encontrada de nuevo? ¿Con qué otra cosa la podría reemplazar?

Cuando la muerte tiende su mano y te azota con violencia y quedas lastimado, pero no más tarde de un día y una noche sientes de nuevo la caricia de los dedos de la vida, sonríes y te alegras. El destino te puede sor­prender de improviso, mirarte con ojos espantosos, agarrar te de la garganta y arrojarte al suelo, pisotearte y alejarse después riendo, pero pronto vuelve, busca tu perdón, te levanta con sus manos de seda y te canta un himno esperanzador y una canción de alabanza.

Las sombras de la noche traen aflicciones que con la llegada de la aurora se esfuman en la nada. Pronto, sientes alivio y vuelves - a tus ilusiones. Pero si lo más precioso de tu vida es un pájaro que anida en tu pecho, al que amas y alimentas con granos de tu corazón y al que das de beber la luz de tus ojos, y resulta que mien­tras lo miras y bañas sus plumas con los rayos de tu alma escapa de tu mano para volar en círculos sobre las nubes, bajando luego a posarse sobre otro nido sin que exista posibilidad alguna de hacerla

volver a ti, ¿qué haces entonces, amigo mío? Dime, ¿qué harías? ¿Cómo hallarías paciencia y consuelo? ¿Cómo reavivarías tus esperanzas y tus aspiraciones?".

Rashid Bey pronunció estas últimas palabras con una voz sofocada por la pena. Se quedó temblando, cual caña agitada por el viento y tendió sus manos hacia adelante, como queriendo agarrar algo con sus crispa­dos dedos, para seguidamente romperIo en pedazos. La sangre coloreó su rostro, ensombreciendo su arrugada tez. Sus ojos se endurecieron y sus párpados se pusie­ron rígidos como si hubiera visto surgir ante él, de la

nada, a un espíritu maligno que viniera a arrancarle la vida. Luego, volvió sus ojos hacia mí y su expresión cambió rápidamente. La ira y el coraje se convirtieron en tormento y dolor. Gimiendo me dijo:

"Se trata de la mujer... la mujer que liberé de la necesidad y de la esclavitud poniendo a su disposición todas mis riquezas. Con los vestidos, las joyas y los lujo­sos carruajes que le entregué hice de ella la envidia de todas las demás mujeres. La mujer que mi corazón amó y a cuyos pies puse mi afecto, hacia la que se inclinó mi alma, colmándola de regalos y ofrendas, la mujer para la que fui un entrañable amigo y un fiel compañero, me ha traicionado y me ha abandonado. Me ha abandonado para ir a vivir con otro hombre en las sombras de la pobreza, a compartir con él su pan amasado en la des­gracia y beber su vino mezclado con la deshonra. La mujer que amé, el hermoso pájaro que alimenté con granos de mi corazón y al que di de beber la luz de mis ojos. Ese pájaro cuya jaula fue mi pecho y cuyo nido fue mi alma voló de mi mano y fue a otro nido hecho de espinas, a comer en él gusanos y cardos, y a beber vene­no y hiel. ¡El ángel puro que hice vivir en el paraíso de mi amor se convirtió en un demonio y descendió a la oscuridad para atormentarme con sus pecados y con su crimen".

Rashid guardó silencio y se cubrió la cara con las manos como si quisiera protegerse de él mismo. Luego suspiró y dijo: "Esto es todo lo que te puedo contar. No me preguntes más y no comentes mi aflicción. Déjala que crezca en silencio hasta que acabe con mi vida y de este modo me conceda la paz."

Me levanté del asiento. Las lágrimas llenaron mis ojos y la piedad mi corazón. Salí en silencio, pues no fui capaz de hallar palabras que pudieran curar su herida ni consejos que alumbraran las tinieblas de su corazón.

Unos días después conocí a Rosa al-Hani, en una casa humilde, rodeada de árboles y de flores. Ella había oído mi nombre en la mansión de Rashid Bey, el hom­bre a quien abandonó sumiendo su vida en la desgracia. Cuando miré sus brillantes ojos y oí el canto de su voz me dije: "¿Puede haber maldad en esta mujer? ¿Es posi­ble que un rostro tan. transparente oculte un alma vil y un corazón despiadado? ¿Es ésta la esposa infiel? ¿Es ésta la mujer a quien en mi espíritu acusé y pinté como víbora disfrazada de ave de rara belleza?" Pero seguida­mente me dije también: "¿Acaso no fue este rostro her­moso, lo que causó la desgracia de Rashid? ¿No hemos oído y visto muchas veces que la belleza exterior es cau­sa de desgracias ocultas y de terribles aflicciones? ¿No es la misma luna que ilumina la imaginación de los poe­tas, la que también perturba la tranquilidad de las aguas?".

Cuando me senté, ella lo hizo cerca de mí, como si leyera mi pensamiento y no quisiera prolongar la lucha entre mi perplejidad y mis dudas. Apoyando su hermo­sa cabeza sobre su blanca mano me habló con una voz semejante a las claras notas de una flauta diciendo:

"Señor, nunca nos hemos visto pero el eco de tus ideas y de tus sueños ha llegado hasta mí por boca de tus amigos. Por eso sé que simpatizas con la mujer opri­mida, que eres compasivo con sus flaquezas y sensible a sus emociones y sus sentimientos. Por eso quiero abrir mi corazón ante ti y mostrarte lo que oculta mi pecho, para que conozcas mi dolor y si lo deseas, pue­das decir a las gentes que Rosa al-Hani no es una mujer pérfida ni una esposa infiel.

A los dieciocho años el destino me unió a Rashid Bey, quien rozaba los cuarenta. Se enamoró de mi y al decir del pueblo me trató honorablemente. Me convir­tió en su esposa y me hizo señora de su espléndida casa y de sus numerosos criados. Me vistió con sedas y adornó mi cabeza, mi cuello y mis muñecas con joyas y piedras preciosas. Me exhibió como un objeto valioso en las casas de sus amigos y conocidos. Sonrió con orgullo cuando los ojos de ellos se posaban en mí con admiración e irguió su cabeza satisfecho al escuchar los comentarios favorables de sus esposas. Sin embargo no escuchó a uno que preguntaba: "¿Es la esposa de Rashid o una joven que ha adoptado?" Ni a otro que decía: "Si Rashid se hubiera casado en el momento debido tendría ya hijas mayores que Rosa al-Hani."

Todo esto ocurrió antes de que yo despertara del profundo letargo de la adolescencia, antes de que los dioses encendieran en mi corazón la llama del amor. Antes de que las semillas de la emoción y el deseo flo­reciesen en mi pecho. Sí, todo tuvo lugar cuando aún pensaba que la felicidad consistía en llevar vestidos her­mosos que realzaran mi figura, en viajar en un elegante carruaje y en adornarme con piedras preciosas.

Mas al despertar y abrir los ojos a la luz, sentí len­guas de fuego sagrado que abrasaban mi interior y un hambre espiritual que invadía y atormentaba mi alma. Sentí que mis alas se batían a diestra y siniestra en su afán de transportarme a las regiones del amor, pero pronto decaían temblorosas, incapaces de romper las cadenas de la tradición y de la ley. Mi cuerpo fue enca­denado, antes de que yo pudiera conocer la esencia de esas cadenas ni las consecuencias de esa ley. Al desper­tar supe que la felicidad de una mujer no depende de la riqueza de un hombre, ni de la obediencia a él, ni tam­poco de su generosidad y buena disposición, sino de ese amor que ata a dos almas, volcando el corazón de ella en el de él y haciendo de ambos un solo ser en el cuerpo de la Vida y una sola palabra en los labios de Dios.

Cuando se me reveló esta dolorosa verdad me sentí como una ladrona que, en la casa de Rashid, comía su pan ocultándose seguidamente en las sombras de la noche. Supe que cada día que pasaba a su lado era una mentira que la hipocresía escribía en mi frente con letras de fuego para que el cielo y la tierra la leyeran, pues no podía darle el amor de mi corazón a cambio de su generosidad ni el afecto de mi alma en pago por su bondad. Intenté aprender a amarle pero fue en vano, pues el amor es una fuerza que forja nuestros corazo­nes, sin embargo estos no pueden crear dicha fuerza. Rogué y supliqué al cielo en el silencio de la noche. Pero mis oraciones y mis súplicas no pudieron generar un afecto espiritual en lo profundo de mi corazón, un afec­to que me acercara al hombre que el cielo había elegido para ser mi esposo. Pero el cielo no me escuchó. El amor desciende hasta nuestros corazones siguiendo el mandato de Dios, no la voluntad de los humanos. Así, durante dos años estuve en casa de Rashid, envidiando la libertad de los pájaros mientras todas las demás mujeres envidiaban mi cautiverio. Como la mujer a quien se le muere su único hijo, así lloré por mi corazón, herido por la ley, que día a día moría de ham­bre y de sed.

Uno de aquellos negros días miré desde la oscuri­dad y vi brillar un diáfano rayo de luz en los ojos de un hombre que caminaba solo por los senderos de la vida, un joven que vivía en esta humilde casa, rodeado de sus papeles y sus libros. Cerré los ojos para no ver dicho rayo de luz y le dije a mi alma: "¡Tu destino es la oscu­ridad de la tumba, no codicies la luz!" Luego lloré y en mi llanto escuché una dulce música cuya pureza sacudió todo mi ser. Me tapé los oídos y le dije a mi alma: "¡Tu destino es el lamento del abismo, no codicies la can­ción!" Cerré mis párpados para no ver y mis oídos para no escuchar. Pero aunque cerrados, mis ojos vieron la luz y mis oídos escucharon la melodía. Al principio tuve miedo, como el pobre que se encuentra una alhaja fren­te al palacio del rey. En su miedo no se atreve a tomar­la, pero al mismo tiempo su pobreza le impide dejarla allí. Lloré como el hombre que muriéndose de sed, des­cubre un fresco manantial rodeado de fieras salvajes y se arroja al suelo, para espiar furtivamente."

Rosa guardó silencio durante un momento cerran­do sus ojos, como si el pasado se erigiera de pronto ante ella y no se atreviera a mirarle a la cara. Luego con­tinuó:

Algunas personas vienen de la eternidad y regre­san a ella sin haber saboreado la verdadera vida. Esas gentes no pueden apreciar la esencia del dolor de una mujer cuya alma vacila entre el hombre al que ama por decreto del cielo y aquél al que se halla encadenada por las leyes de la tierra. Es una tragedia escrita con sangre y lágrimas de mujer, que el hombre considera cómica, al no entenderla. Y si la entiende, entonces su risa se vuel­ve áspera y falsa, y en su ira, acumula fuego del infierno sobre la cabeza de la mujer, y le llena los oídos de blas­femias y maldiciones.

Es una tragedia dolorosa, representada por las negras noches en el corazón de toda mujer que halla su cuerpo encadenado al lecho de un hombre que conoció como esposo antes de saber lo que significaba el matri­monio. Ella siente que su alma aletea en torno de otro hombre al que ama con todo su ser, y con toda la pure­za y hermosura de su amor. Es una guerra terrible que comenzó cuando la mujer se hizo débil y el hombre fuerte y que no terminará hasta el día en que acabe la servidumbre de la debilidad ante la fuerza. Es una gue­rra terrible entre las corruptas leyes del hombre y los sagrados afectos del corazón. Ayer me vi arrojada a ese campo de batalla, muriendo casi de miedo e inundada en lágrimas. Pero me erguí y arrojando de mi ser la timi­dez de mis hermanas liberé mis alas de sus cadenas y volé alto en el cielo del amor y la libertad. Ahora soy feliz al Iado del hombre que como yo, fue una chispa que surgió de la mano de Dios antes del comienzo del tiempo. No hay poder en este mundo capaz de robarme la felicidad, pues ella nace del abrazo de dos almas unidas por la comprensión y protegidos por el Amor."

Rosa me miró como si con sus ojos quisiera abrir mi pecho para ver el efecto que sus palabras y el eco de su voz causaban en mi corazón. Pero permanecí calla­do, sin interrumpir su discurso. Luego habló de nuevo con una voz que contenía la amargura del recuerdo y la dulzura de la libertad:

"La gente te dirá que Rosa al-Hani es una mujer infiel y traicionera, que siguiendo el impulso de su luju­rioso corazón abandonó al hombre que la elevó a lo más alto, haciéndola señora de su casa. Te dirán que es una adúltera que con sus sucias manos rompió la sagra­da corona del matrimonio para poner en su lugar una hecha con las espinas del infierno. Que arrojó de su cuerpo el ropaje de la virtud para vestir el del pecado. Te dirán todo esto y más porque los fantasmas de sus antepasados viven aún en sus cuerpos. Son como las vacías cavernas de los valles que repiten el eco de las voces sin entender su significado. No saben nada de la sagrada ley de Dios en sus criaturas ni conocen el ver­dadero significado de la religión. No saben cuando un hombre es culpable y cuando es inocente, pues sólo ven lo superficial. Su débil y corta vista no llega a percibir lo que está oculto. Juzgan en su ignorancia y condenan en su ceguera. Para ellos el culpable y el inocente, el justo y el malvado son una misma cosa. ¡Ay de aquéllos que juzgan y condenan! Fue en la casa de Rashid donde yo era prostituta e infiel, al compartir su lecho en virtud de la tradición, sin que el cielo lo hiciera mi pareja por la ley del espíritu y del amor. Ante mis ojos y ante Dios yo era impura, al tomar de su fortuna para que él tomase mi cuerpo, sin embargo ahora soy pura y casta pues la ley del amor me ha liberado. Ahora soy buena y soy fiel, pues he dejado de vender mi cuerpo por pan y mis días por vestidos. Sí, era adúltera y deshonesta cuando la gente me creía virtuosa. Y ahora que soy pura y hones­ta me consideran una impúdica, ya que ellos juzgan a las almas con el patrón de los cuerpos y pesan el espíritu con las balanzas de la materia."

Después miró por la ventana y con su mano señaló la ciudad. Su voz, más elevada que antes, surgió ahora teñida de desprecio y repugnancia, como si en las calles, en los porches y en las azoteas hubiera visto los fantasmas del pecado y la degradación. Dijo:

"Observa esas mansiones donde viven los ricos y poderosos. Sus paredes están tapizadas de seda, sin embargo entre ellas fraternizan la perfidia y la hipo­cresía. Sus techos son de oro repujado, pero bajo ellos conviven la mentira y la falsedad. Observa con cuidado esos edificios. A ti te hablan de gloria, poder y felicidad; sin embargo no son más que cuevas en las que se ocul­tan la vileza, la degradación y la miseria. Son sepulcros blanqueados en los que los engaños a las mujeres inde­fensas son ocultados tras la pintura de sus ojos y el carmín de sus labios. En su interior, tras el brillo del oro y de la plata se esconden el egoísmo y la bestialidad del hombre. Son palacios cuyos muros se elevan orgu­llosos hacia el cielo, sin embargo si esos muros pudie­ran sentir el aliento del engaño y del fraude que anidan en su interior, se derrumbarían en un instante convir­tiéndose en ruinas. Los pobres aldeanos los miran con lágrimas en los ojos, sin embargo en el corazón de sus moradores no existe el menor indicio del dulce amor que inunda el corazón de la esposa de ese mismo aldea­no. Si el aldeano supiera la verdad, se reiría con sorna y volvería compadecido a su campo."

Me tomó de la mano y llevándome a la ventana que daba a dichas mansiones y palacios prosiguió:

"Ven, te voy a revelar los secretos de esas gentes, pues no quiero ser como ellas. ¿Ves aquél palacio con columnas de mármol y vidrieras de fino cristal? En él mora un hombre rico. Aunque heredó la fortuna de su avaro padre su carácter se forjó en la calle, allí aprendió todos los vicios. Hace dos años se casó con una mujer de la que no sabía nada, salvo que el padre era de linaje aristocrático y ocupaba una posición elevada entre la élite de la ciudad. La luna de miel fue muy breve, pues pronto se aburrió de su esposa, urgiéndole volver a la compañía de mujeres de placer. La dejó en su palacio como el borracho que abandona una jarra vacía. Al principio ella lloró y sufrió. Luego aprendió a tener paciencia y se consoló como quien admite haber come­tido un error, dándose cuenta de que sus lágrimas eran demasiado preciosas para ser derramadas por un hombre como su esposo. Ahora ocupa sus días con la pasión de un joven de hermosa presencia y dulce hablar, en cuyas manos vuelca el amor de su corazón y el oro de su marido, un marido que no se ocupa en absoluto de ella, por lo que ella tampoco se preocupa por éL

Mira ahora aquella casa rodeada de un hermoso jardín. Es la casa de un hombre de noble familia, cuyos antepasados gobernaron el país durante muchos años. Hoy su situación no es la misma. Pues gran parte de su riqueza ha sido dilapidada y sus hijos son viciosos y hol­gazanes. Este hombre se casó hace unos años con una joven rica y fea. Después de tomar posesión de su inmensa fortuna se olvidó de ella y se buscó una aman­te hermosa. Dejó a su esposa comiéndose las uñas en arrepentimiento y consumiéndose en sus deseos y anhelos. Ahora pasa las horas rizando su cabello, enne­greciendo sus ojos, coloreando su rostro con polvos y ungüentos y adornando su cuerpo con satines y sedas para ser grata a la vista de quienes la visitan. Pero nadie la mira, salvo su propia imagen desde el espejo.

¿Ves aquella mansión con pinturas y estatuas? Es la de una mujer hermosa de rostro y fea de alma. Al morir su primer marido heredó su fortuna y sus pro­piedades. Entonces eligió a un hombre débil de cuerpo y de voluntad y lo hizo su esposo para refugiarse tras su nombre contra las lenguas de la gente y hacer de su pre­sencia una defensa para sus iniquidades. Ahora pasa la vida entre sus admiradores, como una abeja que pica con placer el dulzor de diversas flores.

Mira aquella otra casa, la de los amplios porches y arcos. En ella vive un hombre enamorado de los bienes materiales, trabajador y ambicioso. Tiene una esposa en cuyo cuerpo hay belleza y deleite y en cuya alma cariño y ternura. En ella alma y cuerpo armonizan como en un buen verso la rima y el significado. Fue creada para vivir el amor y para morir por él, pero al igual que ocurre con muchas otras mujeres, antes de cumplir los dieciocho años fue condenada por su padre a soportar el yugo de un matrimonio desgraciado. Hoy su cuerpo está enfer­mo y se derrite cual cera al calor de un afecto aprisio­nado. Se está esfumando como la perfumada brisa se esfuma ante la tormenta. Se está aniquilando por el amor de algo que siente pero no puede ver. Anhela y desea el abrazo de la muerte para escapar de su estéril estado y liberarse del yugo de un hombre que pasa sus días amasando su fortuna y sus noches contándola. Un hombre que maldice la hora en que tomó para sí a una mujer estéril que no le dio un hijo que heredase sus riquezas y perpetuase su nombre. .

Mira aquella otra casa, que luce sola entre los jar­dines. En ella vive un poeta de elevado pensamiento, sin embargo tiene una mujer de intelecto torpe y vulgar. Se burla de sus versos porque no los entiende y se mofa de sus obras porque le son extrañas. Finalmente se alejó de ella para amar a otra, a una mujer casada, sensible y sabia, cuyo amor crea luz en su corazón y cuyas sonri­sas y miradas amorosas le inspiran versos inmortales."

Rosa calló por un instante. Se sentó cerca de la ventana como si su espíritu estuviese cansado de errar por las ocultas recámaras de aquellas mansiones. Luego comenzó despacio a hablar otra vez:

"Esos son los lugares que no quisiera habitar. Esas son las tumbas en las que no quisiera ser enterrada en vida. Esas son las gentes, de cuya compañía me liberé y cuyas cadenas me sacudí. Son personas casadas que unen sus cuerpos mientras luchan sus espíritus. Nada podrá interceder por ellos ante Dios, como no sea su propia ignorancia de las leyes divinas. No los condeno, sino que los compadezco. No los odio, pero sí odio su entrega a la mentira, a la hipocresía y a la maldad. No te he revelado los secretos de sus corazones y de sus vidas por amor a la calumnia y a difamación, sino para que sepas la verdad sobre ellos. Tan solo ayer no había dife­rencia alguna entre ellos y yo, sin embargo he sido sal­vada. Te he mostrado el modo en que viven los que hablan mal de mí porque he sacrificado su amistad para liberar a mi propia alma. He dejado los senderos de su duplicidad para volver mis ojos hacia la luz, que es don­de está la salvación, la verdad y la justicia. Me han des­terrado lejos de su mundo pero estoy contenta. La humanidad suele desterrar a aquéllos cuyo espíritu se rebela contra la injusticia y la tiranía. Quien no prefiera el exilio a la esclavitud no es libre en el verdadero y necesario sentido de la libertad. Ayer yo era como una mesa ricamente preparada, a la que Rashid Bey se acer­caba cuando sentía hambre, pero nuestros espíritus per­manecían alejados cual humildes sirvientes, a distancia. Cuando la luz llegó a mí aborrecí esa servidumbre y traté de soportar mi suerte, pero no pude, pues mi espí­ritu me impidió pasar mis días en postración ante ese ídolo temible erigido por las oscuras generaciones del pasado. Así, rompí mis cadenas, pero no las arrojé de mí hasta el día en que sentí la llamada del amor y vi que mi alma estaba preparada para el viaje.

Salí de la casa de Rashid Bey como el prisionero que abandona la prisión. Dejé alhajas, sirvientes y carruajes y vine a la casa de mi amado, vacía de orna­mentos pero llena de espíritu. Sé que no he hecho nada malo pues no fue la voluntad del cielo que yo cortase mis alas con mis propias manos y me arrojara al polvo pasando el resto de mi vida entre lágrimas diciendo: 'Este es mi destino.' El cielo no quiso que yo pasara el resto de mis noches llorando y diciéndome: "¿Cuando llegará la aurora?" y los días preguntándome: "¿Cuando terminará este día?" El cielo no desea que el hombre sea infeliz pues en lo más profundo de su ser puso un anhelo de felicidad, y en esa felicidad Dios es glorifica­do.

Esta es mi historia y esta es mi justificación ante el cielo y ante la tierra. La contaré y la cantaré pero las gentes taparán sus oídos y no escucharán, pues temen que se produzca una revolución en sus espíritus. Temen que se puedan sacudir los pilares de la sociedad y que ésta se desplome sobre sus cabezas.

Este es el difícil y escabroso sendero que tuve que caminar antes de llegar a la cima de mi felicidad. Y si la muerte viniera ahora y me llevase con ella, mi espíritu se detendría ante el más elevado trono sin temor alguno, con esperanza y regocijo. Y el velo de mis pensamien­tos íntimos se descorrería ante el Supremo Juez y se los revelaría blancos como la nieve, pues no he hecho sino la voluntad de un alma que Dios separó de sí mismo. Y no he seguido sino la llamada de mi corazón y el eco de melodías celestiales.

Esta es mi historia, una historia que las gentes de Beirut consideran como una maldición en los labios de la vida y un cáncer en el cuerpo de la sociedad. Pero se arrepentirán cuando finalmente los días hagan nacer en sus nublados corazones el amor del amor, al igual que el sol hace brotar las flores de las profundidades de la tie­rra, pese a que ésta esté llena de los restos de los muer­tos. Entonces el transeúnte se detendrá ante mi tumba y la saludará diciendo: "Aquí yace Rosa al-Hani, que liberó al amor de las corrompidas leyes de los hombres y vivió según las leyes del amor más elevado; que levantó su cabeza ante el sol, para no ver su sombra entre cráneos y espinas."

Apenas estas palabras habían salido de los labios de Rosa, cuando la puerta se abrió y entró un joven esbelto. Su rostro era hermoso. En sus ojos brillaba una mágica luz y en sus labios una dulce sonrisa. Rosa se levantó y tomó su brazo con afecto. Me presentó men­cionando mi nombre con voz amable y el suyo con una mirada significativa, la cual me decía que ese era el hombre por quien había renunciado a todo un mundo de costumbres y leyes falsas.

Nos sentamos en silencio, como si cada uno de nosotros deseara averiguar lo que el otro pensaba de él. Así transcurrió un minuto. Un minuto lleno de ese silencio que vuelve a las almas hacia sus celestiales anfi­triones. Los miré, sentados uno junto al otro, y enton­ces vi algo que nunca antes había visto. Instantánea­mente comprendí el significado de la historia de Rosa. Comprendí el misterio de su rechazo al orden social. A ese orden que condena a quienes se rebelan contra sus normas sin investigar los motivos de su rebelión. Ante mí vi a un sólo espíritu celestial en dos cuerpos jóvenes y hermosos. El dios del amor estaba entre ellos, exten­diendo sus alas para cobijarlos de la censura y las críti­cas de la gente. Vi que de sus rostros bañados por la sinceridad y la pureza surgía un entendimiento mutuo. Por primera vez en mi vida vi la imagen de la felicidad, en pie entre un hombre y una mujer que habían sido repudiados por la religión y arrojados fuera de la socie­dad.

Tras un momento me levanté y me despedí. Sin necesidad de palabras, ellos comprendieron hasta qué punto mi alma se hallaba afectada. Salí de aquella humilde casa, una casa que las emociones habían con­vertido en un templo de amor y afecto. Al caminar entre los palacios y las mansiones cuyos secretos Rosa me había revelado pensé en sus palabras y en la verdad que encierran. Pero apenas crucé aquel lugar recordé a Rashid Bey. Vi de nuevo su angustia y su desesperación y me dije: "El se siente desgraciado y engañado, pero, ¿lo escuchará el cielo si increpa y condena a Rosa al­Hani? ¿Pecó ella al abandonarlo siguiendo su propia libertad? ¿O fue él quien pecó al someter su cuerpo con el yugo del matrimonio antes de que el espíritu de ella estuviera inclinado al amor? ¿Quién es el culpable y quién el inocente?"

Continué mi monólogo repasando los extraños sucesos pasados y volví a decirme: "Es frecuente que la vanidad separe a la mujer de un marido pobre y la una a un hombre rico, porque la pasión de una mujer por las ropas finas y la vida fácil la ciega y la conduce a la vergüenza y la bajeza. ¿Estuvo Rosa al-Hani cegada por la vanidad o la impudicia cuando abandonó el palacio de un rico donde poseía todo cuanto podía desear, para ir a la cabaña de un hombre pobre que no tiene más que algunos viejos libros? ¿Con qué frecuencia la ignorancia ha matado el honor de una mujer, haciéndola que aban­done a un marido honorable pero aburrido para buscar los placeres del cuerpo junto a un hombre de clase social mucho más baja que la suya? ¿Es Rosa al-Hani una ignorante? ¿Fue sólo por los placeres del cuerpo por lo que proclamó abiertamente su independencia uniéndose a este joven? En la casa de su esposo podía también haber satisfecho secretamente sus sentidos, con numerosos jóvenes que hubieran sido felices de ser esclavos de su belleza y mártires de su amor. Sin embar­go Rosa era una mujer infeliz que buscó la felicidad, que la encontró y la abrazó. Y ésta es una verdad que la sociedad desprecia y la ley rechaza."

Murmuré estas palabras al viento y luego me pre­gunté a mí mismo: "Pero, ¿es justo que la mujer compre su felicidad a costa de la desgracia del marido?" Y mi yo íntimo respondió: "¿Entonces también el marido es libre de esclavizar los afectos de su mujer para que él pueda ser feliz?"

Seguí caminando hasta llegar a las afueras de la ciudad. La voz de Rosa resonaba en mis oídos. El sol estaba cerca del ocaso y los campos y los jardines se cubrían con el velo de la quietud mientras los pájaros entonaban su oración de la tarde. Me detuve pensativo, suspiré y dije:

Ante el trono de la libertad estos árboles se rego­cijan con la caricia de la brisa y se glorifican ante la majestad de los rayos del sol y de la luna. Ante el trono de la libertad los pájaros cantan y vuelan alegremente y las flores despiden su fragancia y sonríen a la llegada de la aurora. Todo cuanto existe en la tierra vive según la ley de la naturaleza y ésta proclama el esplendor y la gloria de la libertad. Pero el hombre ha olvidado esta bienaventuranza encadenando su espíritu inmortal a unas leyes terrenales. Ha edificado una estrecha cárcel para sus deseos y sus emociones y una tumba profunda para su corazón y su mente. Cada vez que alguien se yergue apartándose de la sociedad y sus leyes, se le con­dena como rebelde, como malvado y pecador, como alguien que sólo merece la muerte. ¿Seguirá el hombre siendo esclavo de sus corrompidas leyes hasta el final de los tiempos o se liberará un día para vivir en el Espíritu y para el Espíritu? ¿Seguirá el hombre por siempre mirando hacia el suelo o levantará sus ojos hacia el sol, para no ver la sombra de su cuerpo entre las espinas y los cráneos?".

Nuesto Amigo Khalil

Espero que hayan disfrutado de esta hermosa historia, que me la paso un amigo.... gracias guille por compartirla conmigo!!!!


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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Andrea (Bruji)

Andrea (Bruji) dijo

Qué hermosa historia....
Cuántas verdades dice ¿cuántas veces abandonamos el camino de nuestra alma, para aceptar lo que otros imponen?
Gracias amiguita por contarnos esta historia, que refuerza mi decisión de no seguir caminos diseñados por otros, sino crear el mio propio....
Seguí brillando con esa luz propia Estrellita....

8 Febrero 2007 | 05:33 AM

Loly

Loly dijo

Me encanta tu blog Dulcinea y todo lo que dejaste y compartiste con nosotros,te mando un beso enorme y seguí adelante que lo estás haciendo muy bien!!!!
Loly!!

8 Febrero 2007 | 05:34 PM

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BIENVENIDOS A MI ESPACIO Me llamo Rocio, tengo 26 años....soy profesora de danzas clasicas. Soy una chica divertida, soñadora, sincera y sobre todo muy amiguera. Mi pasión es la poesia, la pintura, modelaje plubicitario. Mi deportes son la natacion, atletismo, equitacion. Me encanta viajar , conocer otros lugares con sus culturas y tradicion.

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